Besar la tierra

He intentado por todos los medios evitar el tema Trump – Biden para no llover sobre mojado, en especial considerando las avalanchas descomunales de información que se han publicado al respecto en medio mundo.


El secreto de la regeneración y la captura de CO2 en el planeta es más sencillo de lo que creemos, pero hay que actuar ya y votar por quienes tomarán las decisiones necesarias.

Imagen Ngo Minh Tuan - Pixabay

Pero a raíz del documental Besa el Suelo, narrado por el actor Woddy Harrelson y lanzado vía Netflix hace pocos días, fue inevitable establecer el nexo incuestionable entre lo que plantea ésta producción y quien resulte vencedor en las elecciones presidenciales norteamericanas, ya que del resultado final de esta novela electoral(larga y de pésima calidad por cierto...) dependen no sólo el futuro ambiental de EEUU, sino el de gran parte del planeta.


Así es que la intención de éstas líneas no será comentar los intríngulis del proceso electoral, el pataleo del mal perdedor o sus escándalos asociados, si no poner el foco en las consecuencias ambientales que tendrá para nuestro planeta el desenlace final de la carrera a la Casa Blanca, que valga la pena aclarar, ya está oleada y sacramentada.

El presidente electo Joe Biden ha manifestado que dentro de sus primeros actos de gobierno estará el reingreso de EEUU al acuerdo de cambio climático de París y el compromiso total con la ciencia y con lo que ella nos viene contando hace años: Hay que actuar ya por nuestro planeta.

Las evidencias del cambio climático están a la vista de todos, aunque muchos no las quieran ver, bien sea por fanatismo político, ignorancia o sombríos intereses económicos.

Mientras escribo esto el huracán IOTA ha arrasado el archipiélago de San Andrés en Colombia y ha dejado cuantiosos desastres en su paso por Centroamérica. Este es el primer huracán de máxima categoría (5) en azotar a Colombia.

¿Qué tienen entonces que ver ésta tragedia climática en el Caribe, las elecciones de EEUU y el documental Besa el Suelo? Todo.

Veamos. Según la FICR, Federación Internacional de la Cruz Roja, los desastres climáticos causaron más de 400 mil muertes en la última década. En un informe publicado el pasado 17 de noviembre señalan que en los primeros meses de 2020 ocurrieron más de 100 desastres naturales, el 99% de ellos relacionados con el cambio climático.

En 2019, asegura el informe, 97.6 millones de personas se vieron afectadas por tragedias ambientales. Olas de calor en Europa que dejaron casi 4 mil fallecidos, incendios macabros en Australia, inundaciones en Paraguay que afectaron a más de medio millón de personas, son sólo algunos ejemplos, porque podemos continuar reseñando desastres similares que llenarían cientos de cuartillas.

Yo le creo a la Cruz Roja, aunque no faltará el desubicado que la asocie con intenciones escondidas de progresistas revoltosos, o cualquier otra idiotez similar, pero lo cierto es que los hechos están ahí, así como su origen innegable: la mano del hombre, que está causando estragos en millones de vidas, dejando perdidas incalculables y acabando con la diversidad, el agua y la vida en la tierra.

Y entre miles de estudios serios a los que se puede acudir, con millares de datos científicos de soporte, el documental narrado por Harrelson se destaca por señalar el problema -y su solución- con claridad meridiana.

Dirigido por Rebecca Harrell Tickell y Josh Tickell, Besa el suelo (Kiss the Ground en el Inglés original) reúne a un variopinto grupo de activistas del medio ambiente, agricultores, científicos y políticos que se unen en un movimiento global de agricultura regenerativa. La iniciativa pretende evitar la desertificación, proteger los ecosistemas, regular las emisiones de CO2, alimentar al mundo de manera sustentable y recuperar fuentes de agua. ¿El secreto? Se encuentra justo bajo nuestros pies.


La formación de mega huracanes, sequías persistentes, incendios desbocados e incluso muchas epidemias virales, son producto directo de las emisiones de CO2, que el suelo, de manera NATURAL y en las condiciones adecuadas, puede capturar y devolver a la atmósfera en forma de oxígeno limpio, restableciendo los ciclos climáticos naturales, generando más agua, cuidando la diversidad de especies y garantizando la seguridad alimentaria de cientos de millones de personas alrededor del mundo.

Nada nuevo bajo el sol, la regeneración. Ya los pueblos originarios lo sabían -y lo saben-, pero dejamos de escucharlos hace tiempo. La buena noticia es que estamos abriendo algo la ‘entendedera’.

Según el documental hay cuatro elementos clave para regenerar el suelo: diversificar las especies sembradas, evitar el arado profundo, usar abonos verdes e integrar a los animales en el proceso.


La propuesta es relativamente sencilla de implementar y el resultado ha sido asombroso allí donde se ha puesto en práctica, desiertos enormes convertidos en vergeles, agua y vegetación donde la tierra estaba muerta. Basta ver un par de escenas de Besa el Suelo para constatar los alcances verdaderamente milagrosos de la agricultura regenerativa.

Una de esas escenas me terminó de enganchar en el tema. En un testimonio sorprendente, el ecologista Chino-Norteamericano John D. Liu cuenta la historia de grandes civilizaciones cuyos dominios se transformaron en desiertos debido a la agricultura extensiva y relata el caso particular de la Meseta de Loess, cuna de la civilización China y lugar de nacimiento de la agricultura.

En 1994 Liu fue comisionado para visitar el lugar y comprobó de primera mano la destrucción ecológica total de ese territorio, considerado en esa época el lugar más erosionado de la tierra, con una población sumida en la miseria y el hambre. Fue tal la impresión de Liu, que decidió dedicar su vida a enfrentar el problema, allí y en el resto del planeta.


Durante 14 años trabajó en conjunto con científicos locales y profesionales del Banco Mundial que lograron mapear satelitalmente la región, detectando las escasas reservas de agua de ese territorio de 35 mil kilómetros cuadrados, equivalentes al tamaño de Bélgica. Ese trabajo permitió maximizar el aprovechamiento de los cursos de agua en las cuencas para crear terrazas y sembrar innumerables especies junto a los tradicionales cultivos ancestrales. ¿El resultado? Nada más y nada menos que un milagro.


La meseta de Loess en China y su milagrosa recuperación a través de la agricultura regenerativa. Imágenes cortesía Kiss the Ground


Allí donde no había vida y todo se había transformado en un árido desierto, el proyecto de Liu -en el curso de poco más de una década-, transformó la zona en un verdadero oasis, ¡y de paso sacó de la pobreza a más de 20 millones de habitantes! Las fotos del antes y el después son sobrecogedoras, pero sobre todo, esperanzadoras.

En 2017 Liu fundó Ecosystem Restoration Camps (Campamentos de restauración de ecosistemas), un movimiento mundial que apunta a restaurar ecosistemas dañados a gran escala, fomentar una acción colectiva para mitigar y adaptarse al cambio climático, detener la pérdida de biodiversidad, restaurar los sistemas hídricos, mejorar la seguridad alimentaria y reducir la pobreza mediante el retorno de medios de vida sostenibles en áreas degradadas.

Pero estas iniciativas son producto de un puñado de gente apasionada y comprometida, con muy poco apoyo de los gobiernos y aún menos de la empresa privada, con escasas y valiosas excepciones. Y aquí es donde entra la elección presidencial de EEUU en la ecuación.


Al contrario que su predecesor, negacionista profesional del cambio climático (dejemos todos sus demás desatinos de lado por ahora…), Joe Biden ya está haciendo planes para reducir la contaminación que calienta el planeta y buscando candidatos para liderar la política climática. Se espera que una de las primeras órdenes ejecutivas de su gobierno requiera que todas las agencias, departamentos y programas federales se preparen para abordar el cambio climático. Un salto cuántico en comparación a la inoperancia medioambiental de ese señor que ocupó el salón oval durante los últimos cuatro años.

Independientemente del signo político de cada cual, parece un contrasentido evidente que un gran número de personas de los estados agricultores del centro de EEUU haya votado por su propio verdugo, por alguien que no da un centavo por el planeta y por ende va en contra de sus propios intereses, acabando en el mediano plazo con su fuente vital de ingresos, el suelo.


Un buen negocio

Además de su enorme contribución al medio ambiente, Brown gana veinte veces más dinero que sus vecinos, porque vende diversos productos de la tierra y no depende de un solo cultivo, esto sumado a los recursos que genera su ganado sano, alimentado de manera natural en pastizales que son parte del ecosistema natural. Y para completar el beneficio formidable que aporta el método regenerativo, le ahorra dinero al estado, ya que no depende de los millonarios subsidios que el gobierno otorga a los mono-cultivadores, con garantías de precio de compra que cuestan miles de millones de dólares y son el mayor obstáculo para cambiar el sistema y salvar los suelos para futuras generaciones. Lo bueno, Biden está escuchando…

Y así como ese caso hay cientos de miles. Proteger el medio ambiente es un negocio millonario. En artículo publicado hace pocos días en el periódico chileno La Tercera, acerca de los beneficios económicos de la conservación, el diario señala que Ralph Chami, economista del FMI, ofrece un ejemplo claro al respecto: “si se mata una ballena y se vende su carne, se ganan entre 40 y 80 mil dólares, pero si se le pone precio a los servicios ecosistémicos que ofrece la misma criatura viva –como la captura de CO2, el incremento de la pesca y el turismo ecológico- el monto llegaría a más de… ¡dos millones de dólares por cada una! ¿Entonces para qué querrías matar una ballena?


En el mismo diario citan un estudio publicado por la Fundación Meri y varias universidades en el que concluyen que “la población de ballenas azules en Chile está valorizada entre 2,280 y 3,000 millones de dólares, considerando además que una ballena puede capturar hasta 30 toneladas de CO2 en su vida y que ese servicio se podría incluso capitalizar como créditos de carbono a empresas”. Mientras tanto las ballenas sólo piden una cosa por ese servicio gratuito, que las dejen vivir.


¿Y por casa?

El modelo de agricultura de Gabe Brown y tantos otros similares debería ser un ejemplo a seguir en nuestra región latinoamericana, en la que irresponsables y codiciosos gobiernos fomentan mono cultivos de palta, de maíz o de palma africana, entre muchos otros, talando bosques enteros y alterando los ciclos climáticos naturales que indefectiblemente terminan por acabar con el agua en pocos años, pan para hoy, hambre para mañana.

En Chile, por ejemplo, el mayor consumo de agua del país proviene de la agricultura, y con más de diez años de sequía crónica en la zona central cultivable, los sucesivos gobiernos sólo se han quejado del clima (desconociendo que los monocultivos y el uso insensato del agua son en gran parte responsables del problema), en lugar de estudiar y abordar alternativas de agricultura regenerativa, que valga la pena señalar, en buena hora se está adoptando en diversos lugares del mundo, mientras de paso vamos recuperando nuestro paraíso.

Así es que bienvenidos Joe Biden y todos los gobernantes comprometidos seriamente con el medio ambiente y la salud de nuestro planeta. El presidente (lo de ‘electo’ ya sale sobrando) demócrata tiene una tarea titánica por delante, pero ya está dando los pasos necesarios para enfrentar el problema, no sólo en los EEUU, si no en el mundo.

Como señaló en reciente entrevista Ernest Moniz, exsecretario de energía y asesor de la campaña de Biden: "Tenemos que restablecer el liderazgo estadounidense a nivel mundial sobre el cambio climático, y restablecer el liderazgo mundial requerirá poner nuestra casa en orden a nivel nacional". Sean bienvenidos.

Como corolario quiero resaltar algo obvio. No todo viene de arriba, el compromiso individual es vital para apoyar las iniciativas estatales y privadas en el tema medio ambiental. En la medida de lo posible compremos orgánico siempre que se pueda, es la mejor forma de apoyar a estos quijotes del planeta, para que nuestros hijos y las generaciones venideras también puedan besar la tierra…


Adenda

El documental Besa el Suelo es la cara visible de un proyecto mucho más amplio y ambicioso creado en 2013 por Ryland Engelhart y Finian Makepeace. Kiss the Ground es una organización sin ánimo de lucro basada en Los Ángeles, California, que partió como un sueño de dos personas comprometidas con la agricultura sostenible, que en pocos años ha logrado un crecimiento exponencial, atrayendo a expertos y a profesionales de diferente áreas con un propósito común.

La organización no sólo dedica sus esfuerzos a promover el programa de regeneración de suelos, sino que coordina charlas, cursos gratuitos, seminarios y una serie de actividades orientadas a ofrecer información y a formar nuevos defensores y promotores del sistema regenerativo, entre los que se encuentran miles de agricultores que han decidido dar el salto hacia una nueva manera de interactuar con el planeta.

Donar y/o apoyar proyectos como este o el de John Liu (o muchos otros que se están desarrollando en nuestra región) es imperativo, promover producciones como Besa el Suelo, ES UN DEBER.

Pueden encontrar cursos gratuitos, videos instructivos para colegios e instituciones educativas y mucha información sobre cómo colaborar en: https://kisstheground.com/ https://ecosystemrestorationcamps.org/

N. del A.: Termino esta columna a los pies de la Sierra Nevada de Santa Marta, un paraíso que se defiende de la depredación y en cuyos dominios se encuentran el Parque Nacional Tayrona y el Parque Sierra Nevada de Santa Marta, que incluyen numerosos resguardos indígenas donde habitan nuestros sabios hermanos mayores, protectores de sus ecosistemas y conscientes de que la sustentabilidad no sólo es urgente, es el único camino posible para la humanidad.


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