El Péndulo

La bendita política, cual monstruo de mil cabezas, aparece irremediablemente una y otra vez en el panorama, por más que a veces queramos desentendernos y tener un respiro de tanto ir y venir, de tanto tire y afloje, de tanta promesa incumplida y en últimas, de tantos intereses que nada tienen que ver con el servicio público y la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, su verdadera razón de ser.


La política, única alternativa civilizada y posible de cambio positivo para la sociedad.

Imagen Pixabay


En nuestra región latinoamericana la política se asemeja a un péndulo eterno que nos lleva de un extremo al otro, sólo para volver a repetir el ciclo en un abrir y cerrar de ojos, en una tendencia -cuasi entendible- a cambiarlo todo cada cuatro años, que impide el desarrollo de políticas de estado que operen sobre mínimos comunes alcanzados con acuerdos y sobre todo, sentido común, que como van las cosas, parece ser el menos común de los sentidos en el devenir político actual.


Tic tac, tic tac, el péndulo se mueve a lado y lado como en una marcha sincronizada y marcial, izquierda, derecha, izquierda, derecha, y van los pueblos marchando, no se sabe muy bien a dónde, marcando un compás feroz que va de frustración en frustración.


Demos un paseo por el barrio. Empezando por el sur tenemos a Argentina sumida en un colapso sanitario, endeudada hasta el cuello y con el péndulo funcionando a todo vapor, Kirchner - Macri - Fernández. Hacia el oeste en Chile, Bachelet - Piñera - Bachelet y otra vez Piñera, en otro péndulo tragicómico y frenético que ha durado 16 años. Hacia el noreste en Brasil, Lula - Bolsonaro y seguro vuelve Lula o alguien designado por él dado el desastroso gobierno del ex militar devenido en presidente. Cómo sería el desespero de la gente para creerle y votar por semejante mequetrefe.


Hacia la costa oeste en Perú, desde Fujimori en los albores del siglo XXI, el péndulo ha enloquecido, Toledo - García - Humala - Kuczynski - Vizcarra, y ahora que entre el diablo y escoja entre Castillo y Keiko. Hacia el norte en Ecuador pasaron de Correa/Moreno al banquero Lasso y en Uruguay de Mujica/Vásquez a Lacalle.


Ya llegando al límite norte de Sudamérica tenemos los particulares casos de Colombia y Venezuela. En el primero la izquierda no ha llegado nunca a la presidencia ya que ha sido históricamente identificada con la guerrilla de las FARC y el ELN, entre otros, descartando de plano esa posibilidad en las últimas décadas, aunque el péndulo sí se haya manifestado en la alcaldía de Bogotá con Peñaloza y Petro, éste último de izquierda y quien tiene por el momento la mayor intención de voto para las presidenciales de 2022, algo sui-géneris para Colombia.


El caso venezolano da para escribir un tratado sobre cómo acabar una nación próspera a punta de corrupción, ineptitud y autoritarismo, con ese embeleco mañoso y torpe llamado Socialismo del siglo XXI que tiene, por ahora, a más de cinco millones de venezolanos en la diáspora y cuyo desastroso ejemplo ha servido de caballito de batalla y cuco preferido de la ultra derecha latinoamericana, factor que de paso ha instalado la falsa idea de que una opción de centro izquierda convertiría a cualquier país en una réplica fatal del desastre bolivariano. Nefasto.


Y ya para cerrar el tour geopolítico saltémonos a Bukele, Ortega, Cortizo y demás en Centroamérica para aterrizar en México, con el pesado fardo monolítico del PRI (un Porfiriato cualquiera), al que en éste siglo siguió un variopinto grupo que incluyó a Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador, cada uno prometiendo el oro y el moro sólo para terminar desinflados como globo de fiesta a la mañana siguiente.

La alternancia en el poder es algo sano y deseable, pero sin programas de estado, acordados en consenso, se transforma en una cazuela (locro, sancocho, ajiaco, pozole, llámelo como quiera) llena de ingredientes difíciles de identificar que cambian de sabor cada cuatro años, haciendo el plato cada vez más difícil de digerir.


Es indudable que en nuestro barrio la experiencia política y sus resultados han sido diversos, pocos para destacar, muchos para olvidar. Innegable por ejemplo que Chile haya sido por más de dos décadas la figurita de mostrar, con avances indudables en lo social y económico, con un ingreso per cápita que ya casi rozaba el de países desarrollados, estabilidad política y exportaciones en constante crecimiento. Por eso el estallido social de octubre de 2019 descolocó a más de uno que miraba la película desde afuera de la vitrina, pero éste venía gestándose desde hace una década, engordando a punta de inequidad, falta de educación en las bases, justicia desigual, privilegios groseros, clasismo y estancamiento político, con los mismos personajes repitiéndose ad infinitum en la dirigencia del país y sus instituciones.

Junto a lo anterior hay que agregar que cuando todo se ha dejado a la voluntad de las fuerzas del mercado sucede que tarde o temprano cae el velo y las grietas del edificio se hacen evidentes. Los tigres de América Latina al final terminaron siendo nada más que gatos pintados, porque desperdiciaron la oportunidad de mejorar lo alcanzado, para beneficio de todos, en corto: la autocomplacencia mató al minino. Una sucesión de escándalos de corrupción a alto nivel no levantaron las alarmas necesarias, por el contrario, el país vio cómo después de algunas palmaditas en la mano y risibles clases de ética, los criminales de cuello blanco y de uniforme quedaron libres de polvo y paja. Eso, sumado a todo lo demás, se ve, duele, se acumula, y tarde o temprano pasa la cuenta.


Y la pasó, ese país modelo que pudo ser no aguantó más y explotó, derivando la zozobra en un acuerdo para redactar una nueva constitución, cuyos miembros acaban de ser elegidos y empezarán su labor en poco menos de dos meses. Y vaya paliza que sufrieron los partidos políticos, con un número sorpresivo (o no tanto…) de candidatos independientes electos.


Lo que resulte de ello está por verse, para algunos es el final de una época y una especie de suicidio colectivo, para otros es la esperanza de garantizar derechos fundamentales como la salud, la educación, la vivienda y las pensiones, una oportunidad de establecer unas reglas de juego que emparejen la cancha y en la que quepa ese país diverso y complejo que la política tradicional ha dejado de lado, por ineptitud, ceguera o mero interés. Lo claro es que si la constituyente replica el conventillo miserable que se ha visto en el congreso -por parte de todo el espectro político- mejor apague y vámonos.


La política latinoamericana está tan desprestigiada, tan desconectada de la realidad, que no ha sabido leer los tiempos ni tomarle el pulso a la calle, ya es casi intrascendente para el ciudadano común, que ve que gobierno tras gobierno su situación empeora, cada día más endeudado, con casi inexistentes posibilidades de ascenso social y sin mejoras sustanciales en su calidad de vida después de toda una existencia de duro trabajo. Al respecto la abstención en la elección de constituyentes en Chile (más del 50%) se transforma en una paradoja electoral con hondas raíces en la desconfianza general hacia el sistema político como actor preponderante de la sociedad.


Es tal la desconexión que en Chile, por ejemplo, aún existe un partido comunista, acartonado y anacrónico, conviviendo con otros igual de añejos y destemplados, como el ultraderechista partido republicano. No sé, algunos me podrán tildar de tibio, pero los extremos está más que probado que no han sido exitosos en ninguna parte, con sus tesis obsoletas y caducas que ya muy poco significan, representando a grupos que se han quedado pegados en las enaguas de la historia.


El caso de Colombia es también indicador de los tiempos que corren, marchas multitudinarias, un paro que ya lleva un mes y que logró tumbar una ineficaz y torpe reforma tributaria, otra reforma al sistema de salud y de paso descabezó a tres altos funcionarios del gobierno. Una vez logrados esos objetivos mucha gente no entiende que miles de personas, en especial jóvenes, sigan manifestándose un mes después, una clara señal de que la política y sus representantes no están dando el ancho y que hay aún muchísimas áreas al debe, en especial para la juventud que ve su futuro comprometido por falta de oportunidades y la inexistencia de una cancha pareja para todos. Con ellos es que hay que sentarse a conversar, antes que coordinar reuniones a “alto nivel” con los mismos que aún no entienden nada de nada y que en muchos casos son los causantes de la debacle.


Los jóvenes se manifiestan por su futuro en Colombia. Imagen América Economía


Son esos mismos jóvenes a los que les hemos fallado como sociedad con promesas que resultaron vacías, aquellos que dejamos de ver, aquellos de la periferia invisible, que hoy están marcados por el cambio climático, por la competencia desigual, por una meritocracia injusta y tirana, y acosados ahora por una pandemia que les mueve el piso y los pone en alerta sobre su futuro. La diferencia hoy es que están conectados con el mundo e interconectados entre ellos, ya no tragan entero.


Teorías conspirativas aparte (aunque en toda movilización social sobrevuelen fuerzas oscuras cual buitres ante un cadáver), lo cierto es que cuando millones de personas comienzan a darse cuenta de que son simples clientes, no ciudadanos objeto de derechos y cómo no, también de deberes, estallan las burbujas.


El nivel de odiosidad y atrincheramiento en las ideas propias, descartando de plano cualquier aproximación porque tal o cual pertenecen a otro partido, o tienen unas ideas de país disímiles a las propias, no es un buen augurio para la política, cuya naturaleza debiese ser el arte de negociar y gobernar para el bien común, una política donde todos quepan, con una alternancia que le de cabida a los diferentes acentos en cada período, sin llegar con la aplanadora a acabarlo todo y/o quedarse encandilados en el espejo retrovisor disparando culpas a los del período anterior.


Si, demasiadas veces la política ha sido maloliente, corrupta, traficante de influencias, puerta giratoria entre el estado y la empresa privada y mil perversiones más del que debiese ser su sello, el servicio público. Pero es el sistema que tenemos a mano, y sin pecar de ingenuidad, bien ejercida la política ha contribuido a mejorar la calidad de vida de millones y nos ha ofrecido la posibilidad de vivir en sociedad con unas reglas de juego que nos alejan de la barbarie.


Es hora de retomar esos caminos y mejorarlos, cambiarlos de manera positiva cuanto sea posible, antes de que la hoguera encendida acabe con todo. Es hora de dialogar, de llegar a consensos, de definir políticas de estado a largo plazo, caminos de prosperidad que son deseables y perfectibles, y para eso hay que mirar muy bien el papelito que depositamos en las urnas cada cierto tiempo. Es la única manera civilizada y posible.


Leo al respecto en Más allá del orden, libro de Jordan B. Peterson publicado recientemente: “… el alma dispuesta a transformarse cuanto haga falta es el enemigo más poderoso contra las diabólicas serpientes de la ideología y el totalitarismo, en sus formas personales y sociales.” Nada más, y nada menos.


Es entendible que la gente quiera cambios inmediatos, ojalá antes de llegar al sueño eterno, pero estos no se logran a punta de violencia irracional, de decretos unilaterales y arbitrarios, ni borrándolo todo de un plumazo (o peor aún, a través de la inacción complaciente que sólo se mira el ombligo), si no a través de análisis serios y responsables, de acuerdos, de identificar objetivos comunes, y para eso se necesitan políticos honestos, con disposición al diálogo, que de verdad miren al otro y sobre todo, que tengan verdadera vocación de servicio. No son muchos, pero los hay.


Esperemos que el péndulo siga funcionando, pero dentro de un abanico de ideas que no sea cooptado por los nefastos extremos y comience a hacer funcionar de manera eficiente, humana y comprometida el reloj de aquellos a los que se les acaba el tiempo.

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