Elemental, mi querido Watson…

Dicen que Sir Arthur Conan Doyle nunca escribió esa famosa frase que soltaba Sherlock Holmes a su fiel escudero Watson de cuando en cuando, sin embargo a través del cine se volvió archiconocida, y la tomo prestada hoy porque sirve muy bien al propósito de hilar estas reflexiones que les comparto sobre la política.


El primero en usar la famosa frase fue Basil Rathbone en la película estadounidense “Las Aventuras de Sherlock Holmes” (1939). Aquí aparece junto a Nigel Bruce que interpreta al doctor Watson.


Si, en ésta columna reflexiono sobre la apaleada, denigrada, corrompida y nefasta política, la que toca, claro, con el gobierno del estado, la que después de siglos de aparición en escena, apenas gatea en su implementación más elevada, eficiente y honesta.

Porque a pesar de su mala reputación, es elemental mi querido lector, que ha sido ella la que ha permitido y articulado el desarrollo social de la humanidad, obviamente bajo la concepción de un poder público ejercido para lograr el bien común.

Cabe entonces en estos tiempos inciertos, hacerle un elogio a la política, tirarle algunas flores, y aún a riesgo de recibir pedradas por la calle -si es que alguien todavía recuerda estas letras cuando podamos volver a transitar libremente por ella-, me tiro al agua con las ideas que estampó Aristóteles en su obra “La Política”, porque de todas maneras las pedradas digitales sin duda llegarán. Elemental, mi querido Watson.

La obra consta de ocho capítulos que cubren prácticamente todos los aspectos relacionados con la organización y el manejo de la Polis, la ciudad griega. Rescato entonces para éstas líneas un aspecto vital señalado por Aristóteles, la relación directa de la política y la ética, y cómo la primera se desprende necesariamente de la segunda.


Si concordamos en ello con el filósofo griego, la ética debería ser materia de estudio obligatoria desde los primeros años de enseñanza formal, para educar a futuros ciudadanos responsables políticamente, y para el caso, responsables en todo el conjunto de su vida.

Claro, no me refiero a esas clases de ética a las que condenaron a asistir en Chile a varios empresarios corruptos hace unos años (chiste cruel y perverso, parodia cínica de la ética y la justicia), si no la ÉTICA con mayúsculas, la que básicamente ayuda a discernir aquello que es correcto de lo que no lo es, que nos ayuda a obrar de la mejor manera en cualquier tipo de situación y debería ser imprescindible en la arena política.

Pero ya sabemos que la ética campea por su ausencia en nuestro corral político, sin embargo también sabemos (anarquistas incluidos) que el problema no es la política per se, si no los “políticos”, así entre comillas irónicas, porque a la gran mayoría no les cabe ese título, son simples mercaderes escabrosos apalancados en puestos públicos, con precio abierto al mejor postor, sea éste una compañía minera, una corporación nacional o extranjera, un empresario, una aerolínea, el que sea, incluyendo a sus propios partidos y sus opuestos.


Porque en nuestra querida Latinoamérica la fauna que nos (des) gobierna -con algunas, poquísimas excepciones- está compuesta por los más diversos especímenes abominables del zoológico social. Senadores narcos reconocidos, ineptos declarados, diputados corruptos, funcionarios descubiertos en mil y una cochinadas, esos que de política nada, y de ética, menos. Elemental, mi querido Watson.

Valga traer a colación casos como el actual en Chile, en donde los parlamentarios han presentado 214 (¡!) mociones relacionadas con el coronavirus y solamente el 8,4% de ellas ha terminado su tramitación (¡!), eso no es política, es vagabundería, y de eficiencia… ni hablar.

En otra obra suya, Ética Nicomaquea, Aristóteles vuelve a destacar esa relación intrínseca y vital entre ética y política. Ya lo sabían de sobra los antiguos griegos, sin embargo más de dos mil años después la gran mayoría de los políticos enquistados en los gobiernos de nuestra región parece no haberse ni enterado. Parece digo, porque lo saben muy bien y les importa un rábano servirse de la política para su propio beneficio, o a lo más el de su mezquina bancada ideológica. Eso de gobernar para el bien común no va con ellos.

Sin embargo en la orilla opuesta encontramos excepciones, aquellos que piensan primero en la polis que en el individuo, que practican el arte de crear acuerdos y llegar a consensos, que se preocupan genuinamente de sus electores y de contribuir a su bienestar, los que prefieren conciliar antes que imponer y por ende, actúan éticamente.


Durante ésta crisis, que no termina de mostrar las mil caras horrendas que tiene, la política nos puede ayudar a llegar a puertos más o menos seguros y a preparar el terreno para la post pandemia, pero sólo si actúa como debe, con altura de miras. Elemental, mi querido Watson.

Las decisiones tomadas a tiempo, la generosidad social, los acuerdos provechosos, el sentido común y la ética profesional, han marcado la pauta en varios países. Ahí está el gobierno portugués de Marcelo Rebelo de Souza con su alto al fuego partidista en pos de un objetivo común: controlar y superar la crisis sanitaria.

O el caso de Jacinda Ardern en Nueva Zelanda (¡me declaro hincha irreductible!), que a través de decisiones bien fundamentadas en la ciencia y el bien común, y en acuerdos amplios con todos los sectores sociales, ha cabalgado la crisis mejor que muchos. ¿Y qué lo ha permitido ? Pues la política, la buena política ejercida por verdaderos políticos. Elemental, mi querido Watson.


Políticos comprometidos. Marcelo Rebelo de Sousa y Jacinda Ardern, primeros ministros de Portugal y Nueva Zelanda respectivamente. Imágenes de Mediotejo.net y Shutterstock


Por eso hoy van las flores y el elogio, porque está de sobra comprobado que cuando la política funciona bien, con todas sus fallas -porque perfecto no hay nada en esta vida-, es la forma de organización y acción social más fecunda.

Es hora de exigir a la política que nos muestre su mejor cara, aquella que cubren con una máscara espantosa los parásitos que pululan a su alrededor.

Es hora de rescatar la buena política como forma de progreso, no sólo reclamando que los que estén de turno en el poder actúen responsable y éticamente, siguiendo las normas establecidas, si no también actuando de igual manera a nivel individual, escogiendo a los funcionarios públicos de manera informada y responsable, no olvidemos que somos nosotros quienes con el voto los ponemos allí. Elemental, mi querido Watson.

Y he aquí finalmente el porqué de estas reflexiones sobre la política, tema complejo y árido si los hay:


Sobre las múltiples facetas de la crisis que atravesamos, vienen galopando una serie de elecciones clave en nuestra región, en Chile particularmente, una de signo mayor, la aprobación o no, de crear una nueva Constitución, demandada por gran parte de una población harta del actual statu quo, a pesar de otros que desde la comodidad de sus sofás y ahora en cuarentena acomodada, no miran hacia abajo, al abismo de desesperanza de millones, que ya buscaban otras avenidas antes de la pandemia.

¿Estaremos a la altura de semejante desafío? ¿Habremos sacado algunas conclusiones claras sobre quienes y cómo nos han gobernado durante la crisis? ¿Sobre el actuar de aquellos en la oposición? ¿Votaremos amarrados al lastre de nuestras ideas preconcebidas, desde el temor al cambio, desde el recelo atávico a las ideas diferentes? ¿O desde la noción de bien común, incluyente, solidario y conciliador? Amanecerá y veremos.

El filósofo italiano Antonio Gramsci concebía la política como un organismo en constante desarrollo, idea con la que concuerdo absolutamente. Por lo que si todavía somos unos bebés en ese sentido, gateando recién en su ejercicio y en el desarrollo de su verdadero potencial, imagínese usted estimado lector, lo que se podría lograr si llegásemos siquiera a nuestra pubertad política…


Elemental, mi querido Watson.



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