OCTUBRE ROJO ... (¿?)

Ni rojo, ni azul, ni verde. La multitudinaria marcha en Santiago, que cerró la primera semana de protestas sociales en Chile el pasado viernes 24 de octubre, no tuvo color político, si no social.

Ni una sola bandera partidista flameó el 24 de octubre en Santiago

Durante la masiva manifestación de más de un millón doscientos mil asistentes, no se vieron banderas de tinte ideológico, aunque los aprovechados oportunistas de siempre, a cada lado del espectro político, pretendieron apropiarse del movimiento con el único fin de pescar en río revuelto e imponer sus mezquinos intereses partidistas. Parecen no entender que la gente está harta de su forma de hacer política y de su desconexión total con la realidad del ciudadano de a pié.


El estallido social me agarró de viaje en Düsseldorf, donde me encontraba por motivos de trabajo. Me quedé en un lugar reservado a través de Airbnb, sistema que contrario a un hotel tradicional, entrega una mirada y una sensación mucho más completa de los lugares visitados a través de la convivencia diaria con los anfitriones.


Ésta vez me alojé en un tranquilo suburbio de la ciudad, donde me recibieron Serhyi, de origen Ukraniano, y su esposa Massi, nacida en Rusia. Al enterarme allí de los acontecimientos y las demandas sociales que comenzaron a emerger como un géiser desbocado, no pude evitar una obvia comparación entre la realidad chilena y la que viví en el hogar de ésta amable pareja.


Serhyi es taxista y su pareja es secretaria de rango menor en una compañía pequeña. Hace un año y medio compraron el departamento donde me recibieron, van de vacaciones todos los años a Austria o Suiza -porque ambos son amantes del ski, punto común que nos conectó de inmediato- y salen a comer afuera todos los fines de semana. Siendo inmigrantes legales tienen acceso a todos los beneficios sociales que el estado le otorga a sus ciudadanos, medicamentos a bajo precio, salud, educación y opción a créditos blandos por su rango de ingresos.


Su departamento está impecablemente amoblado y decorado, con aparatos electrónicos de última generación y todos los juguetes digitales imaginables, con una cocina digna de revista especializada. Fue inevitable entonces pensar que una pareja con trabajos similares en Chile, y para el caso en cualquier país desde México hasta la Patagonia, jamás tendría acceso ni por asomo a una vida medianamente similar a la de sus pares residentes en Alemania. Y ahí, pensé, estaba el meollo del asunto.


En Europa y otros puntos del orbe entendieron hace rato que una clase media con salarios y pensiones dignas, jornadas de trabajo racionales y acceso universal a educación y salud, contribuyen al crecimiento y a la productividad más que cualquier otra consideración económica. Esta verdad de a puño parecen no entenderla los empresarios y políticos de nuestra América Latina, la gran mayoría ciegos, sordos y mudos.


Cada negociación de salario mínimo en la región se transforma en un tire y afloje con paupérrimos resultados para los de siempre, quienes terminan recibiendo un aumento miserable, que desaparece velozmente con la inflación y se vuelve inexistente al cabo de un par de meses. ¿Y entonces? Pues a endeudarse, comprar comida, útiles escolares, ropa y demás a crédito y entrar en un círculo funesto que conduce a la ruina y a la desesperanza.


La gente estalló porque es imposible vivir en un país que tiene precios de Europa y salarios de África. Se entiende -al parecer sólo la clase dirigente y las élites no lo hacen, aunque ahora que tienen la papa caliente en la mano insistan en un mea culpa vergonzoso y tardío- que sea insostenible vivir en un país que muestra cifras de envidia en el terreno macroeconómico y cifras de infarto al miocardio en el terreno social. Esto se hace especialmente doloroso cuando el grueso de la población ve el crecimiento de su país, calificado como exitoso por el resto del mundo, y lo compara con su realidad diaria, en la que ve cómo el sueño de una vida mejor se esfuma mes a mes junto a su mísero salario.


Yuxtapuesto a lo anterior se suman realidades macondianas que se han desbocado en los últimos 30 años: los sueldos millonarios de los congresistas -¡33 veces el sueldo mínimo legal vigente!-, la privatización del agua en manos de unos pocos, la corrupción de militares, policías, empresarios y políticos, las pensiones de miseria, la colusión de precios entre empresas para exprimir al máximo al consumidor, las medicinas a precio de oro y una salud que sólo puede pagar quien tenga los recursos para acceder a un seguro privado.


Y como si lo anterior fuera poco, súmele usted amable lector la impunidad rampante a alto nivel y el desprestigio generalizado de instituciones gubernamentales, militares, administrativas, empresariales y eclesiásticas. Altos mandos del ejército y la policía envueltos en desfalcos millonarios, pederastia extendida en la iglesia católica, fraudes y robos en las cristianas, empresas de papel y de las otras que evaden impuestos llevando a otros países lo que han ganado en el propio, y un larguísimo etcétera.


Mientras la justicia no castigue de manera ejemplar todo comportamiento criminal y delictivo -de cualquier naturaleza, a cualquier nivel social-, y la sanción moral no sea implacable -porque somos muy buenos para criticar y exigir un comportamiento ético a nuestros gobernantes, pero nos pasamos la ética por la faja en el día a día-, será muy difícil avanzar hacia un mejor país. El caso es de educación y valores desde la niñez, y en esos indicadores toda la región Latinoamericana está al debe.


Según la UNESCO la mitad de los niños de 10 años de la región no pueden leer ni entender un texto corto

Un nuevo pacto social es imperativo. El modelo que ayudó a modernizar el país está obsoleto y dejó a muchos de lado. Cambios de forma y fondo son impostergables, que no se engañe la clase política y la élite nacional, con pañitos de agua tibia no llegarán a puerto y las protestas se harán cada día más fuertes, con consecuencias imprevisibles para el país.


Se estima que Chile cuenta con reservas de aproximadamente 15 mil millones de dólares, y los expertos en el tema han dicho que las reformas necesarias costarían unos 1,200 millones. Me pregunto, ¿no es ésta la mejor manera posible de gastar parte de las reservas existentes?


De los excesos y la violencia inexcusable de una parte menor de los manifestantes, (y de la fuerza pública cabe agregar) me ocuparé en una próxima columna, ya que merecen capítulo aparte. Sin embargo para bajar la intensidad del conflicto hay medidas inmediatas que puede tomar el gobierno:


Eliminar el IVA a la canasta básica de alimentos. Bajar el costo de los servicios básicos, electricidad, agua, TAGS y peajes. Eliminar IVA de medicamentos y controlar sus precios. Eliminar impuestos (en Chile llamados “contribuciones”) de vivienda a los mayores de 65 años. Bajar de inmediato la falsa expectativa de vida de 110 años con la que las empresas privadas de pensiones se lucran groseramente y establecerla en los 85 años, que son la realidad del promedio de vida en el país, esto mejoraría sustancialmente la calidad de vida de los jubilados.


Con esas medidas sin duda la gente sentirá que el gobierno de verdad se ha comprometido a un contrato social más justo y equitativo y no sólo a cambios de gabinete y soluciones cortoplacistas tibias que no solucionan nada de fondo.


Recuerdo con cariño a Serhyi y Massi en Düsseldorf, con la tranquilidad de que contarán con un estado que no los dejará de últimos en la fila cuando llegue su primer hijo, que sabrán a ciencia cierta que su retoño tendrá salud, educación y seguridad social garantizadas, para ser quien quiera ser en la vida.

Ahí está el meollo del asunto.





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