Reflexiones sobre la violencia

Numerosas opiniones han ido apareciendo por estos días con relación a la violencia desatada que estamos viviendo, pero a mi parecer ha faltado machacar en una muy importante, la reflexión individual y nuestro comportamiento cotidiano.

"Un día de Furia", protagonizada por Michael Douglas, 1993.


Como lo señalé en mi columna anterior, la violencia es un tema en sí mismo, y aunque inmerso dentro de las múltiples facetas que nos evidencia el conflicto social que vivimos hoy en Chile y en casi toda la región, merece capítulo aparte.


El tema ha estado rondando mi cabeza por semanas y una de las conclusiones a las que he llegado, después de hablar con mucha gente, es que la palabra “violencia” tiene un significado similar para todos, pero con enormes matices, de acuerdo a cómo y dónde se esté parado en la vida y desde qué vereda se la mire. Cada uno tiene su versión, tanto en lo que toca a la “contingencia” -eufemismo que algunos utilizan para referirse al monumental conflicto social que atravesamos-, como en aquello que atañe a lo más personal, al día a día.


Un asunto, en apariencia banal, me aportó otra perspectiva a la ya muy amplia noción de “violencia” que venía masticando. El lunes pasado tuve un impasse doméstico. Mi aspiradora decidió declararse en huelga permanente, algo muy ad hoc para los tiempos que corren, un timing casi perfecto diría yo. La cuestión es que tenía que arreglarla, mi casa necesitaba cariño con urgencia. Ya había visto antes un servicio técnico muy cerca, así es que partí a llevar el aparato.


Me recibió un tipo con cara de muy pocos amigos, de esos que hay en demasía, que no te miran a los ojos y te atienden como si ellos le tuvieran que pagar a uno por ir a SU negocio. Total, dejé la maquiavélica turbina en sus manos por un par de horas y al regresar me ladró: ‘es el motor, serían 25 mil pesos para arreglarlo’. Habiendo pagado bastante menos por el aparato nuevo cuando lo compré, le di las gracias y decidí probar suerte en otra parte.


Google de por medio llegué a otro servicio técnico a pocas cuadras de allí. Un señor mayor me recibió de buena manera y luego de una pequeña espera me dijo que era el “térmico”, y que cambiarlo costaría 12 mil pesos. Pensé: ¡Menos de la mitad de lo que me cobraban en el otro lugar! ¡Y encima no era el motor¡ ¡¿Cómo era posible que el otro descarado me diera un diagnóstico tramposo que me habría costado el doble?! ¡Abusador! ¡Había que ponerlo en su sitio! Dejé el aparato reparando y llegué muy ardido a mi casa. Me prometí que en cuanto pudiera le iría a cantar la tabla al tipo, y además con el más florido lenguaje posible.


Una pequeña semilla violenta se iba sembrando en mi cabeza y me vino a la memoria la película de Joel Schumacher “Un día de furia” de 1993, cuyo título original es Falling Down (“Cayendo”). En ella William Foster (Michael Douglas) estalla en una explosión de violencia descontrolada cuyo detonante no es el tamaño de la hamburguesa que le sirven en la escena que da pie al descontrol total, esa es simplemente la chispa que lo produce, el verdadero motivo es la acumulación, día tras día, del abuso, del engaño, del atropello, de la injusticia, de la impunidad.


La definición de violencia abarca desde aquella interpersonal, hasta la de género, desde la de Estado hasta la sexual, ofreciendo un enorme abanico de posibilidades en las que se manifiesta de manera física, psicológica o intelectual.


Tiene numerosas formas de irse enquistando en sus víctimas y en sus perpetradores, a ritmos diferentes, pero igual de lesivos y peligrosos, desde la violencia verbal a la acción física inmediata, pasando por formas más sutiles pero no menos perniciosas como el engaño, el abuso, la discriminación, el racismo, la manipulación informativa, la publicidad engañosa, la obsolescencia planificada, la censura, los intereses económicos, la falta de justicia, la explotación de cualquier índole… y suma y sigue una lista interminable.


La violencia arde como pasto seco y, dadas las condiciones adecuadas, se contagia, se cuela por cada rendija abierta, no respeta edad, credo, ni clase social, simplemente va entrando furtivamente en todas partes, crece en el terreno abonado de sociedades y relaciones disfuncionales y en algunos casos continúa ardiendo en el tiempo por generaciones.


Durante las últimas semanas Chile nos ha presentado todas esas versiones posibles, desde el ataque digital desenfrenado a las ideas diferentes, hasta los excesos represivos del Estado, desde el vandalismo espontáneo y el organizado -¿Cabe alguna duda de que lo hay?-, hasta la violencia verbal y física más extrema. Gente que al comienzo del estallido mantenía una posición de “veamos a ver qué pasa”, gente en general mesurada, ha ido cayendo poco a poco en el vértigo de la violencia, a favor o en contra de cualquiera de los múltiples actores del conflicto.


Buscando información para éste escrito pensé nuevamente en Erich Fromm. Sé que lo cité en mi columna de octubre, y no, no recibo regalías por promocionar sus libros, pero es un autor al que recurro frecuentemente porque me hacen mucho sentido sus tesis, y éste texto es prueba de ello. Dice Fromm en su libro El miedo a la libertad (1941), publicado en plena II Guerra Mundial:


“El impulso de vida y el de destrucción no son factores mutuamente independientes, sino que son inversamente proporcionales. Cuanto más el impulso vital se ve frustrado, tanto más fuerte resulta el que se dirige hacia la destrucción; cuando más plenamente se realiza la vida, tanto menor es la fuerza de la destructividad, que es producto de la vida no vivida”.


¿Y qué frustra nuestro impulso vital, nuestras ganas de vivir una vida digna y feliz? La falta de oportunidades, la pobreza sin salida, el abuso constante y perenne de todo tipo (en cualquier relación, sea laboral, personal o comercial), la intolerancia a las opiniones diferentes, la falta de mirar al otro como un igual, independientemente de su accidental lugar de nacimiento, la falta de empatía, el egoísmo y la individualidad crónica.


Porque si de verdad pensamos en el otro, si genuinamente mostramos interés en apoyarlo o simplemente escucharlo con atención, estamos alejando la opción violenta, le estamos diciendo no, aquí hay otras formas de lograr cambios, de modificar situaciones, yo existo, pero tú también, y aunque pensemos diferente podemos coexistir y aprender mutuamente, partiendo de la base de que no te abusaré, no me aprovecharé de ti, y haré lo que esté en mis manos por defender nuestra convivencia. Exactamente todo lo contrario de lo que hemos visto en las últimas semanas… y en las últimas décadas, porque el abuso transversal, la corrupción y la impunidad han campeado a su libre albedrío.

"El conflicto que vivimos nos ha puesto a todos a conversar de temas capitales, querámoslo o no. Y hemos ido descubriendo y develando todo aquello que estaba barrido bajo la alfombra, pero latente, tapado por el crecimiento económico y la indiferencia..."

El conflicto que vivimos nos ha puesto a todos a conversar de temas capitales, querámoslo o no. Y hemos ido descubriendo y develando todo aquello que estaba barrido bajo la alfombra, pero latente, tapado por el crecimiento económico y la indiferencia, en un afán mentiroso de convivencia que ocultaba la verdadera esencia de nuestras ideas y actitudes.


Familias, grupos de chat y diversas relaciones se han visto truncadas por violencia escrita y/o verbal en los últimos días, yo mismo decidí salirme de un grupo de Whatsapp de antiguos compañeros de colegio por la agresividad de algunos ante mis opiniones con respecto al estallido social, un reflejo minúsculo de un problema mayúsculo.


Para ir sumando

Creo que hay un espacio muy importante para que desde la trinchera personal podamos contribuir a la reconciliación y a vivir en una sociedad menos disfuncional y más humanizada. Algunos me tildarán de iluso y soñador, es su derecho, sin embargo creo firmemente en que el cambio empieza por nosotros mismos.


¿Porqué no empezar a construir un nuevo diálogo con nuestro círculo más cercano? Con nuestro empleado, con la cajera del banco o el supermercado, con el que cuida los autos, con tu hermano, con tu pareja o con tus propios padres? ¿Es tan difícil ofrecer una sonrisa o un comentario positivo? ¿Dirigirse con respeto y amigablemente al otro? ¿Dedicar parte de nuestro tiempo a escuchar al otro en lugar de imponer nuestra opinión? Vivimos apurados, demasiado ocupados como para percibir lo que nos rodea, ni a quienes nos rodean, y mucho menos la dura realidad de tantos, menos afortunados que nosotros. ¿Es tan difícil actuar de manera correcta en cada situación en que se nos presente un dilema ético?


¿Porqué no contribuir evitando replicar el miedo y el odio por redes sociales? Opinemos y comentemos en ellas con moderación y argumentos sólidos, con un lenguaje incluyente, que invite al diálogo, evitando el ataque a mansalva porque otro tiene una opinión diferente a la nuestra. De igual manera no difundamos información falsa y tendenciosa, procurando verificar las fuentes de cuanto publiquemos y sobre todo, compartiendo material que ayude a construir, a unir y a buscar soluciones conjuntas, no sólo ahora por el estallido, si no siempre.


Para ello hay que educar y educarse, y esto implica entre otras cosas aprender a convivir, a no abusar, ni con el lenguaje ni con los precios ni con la trampa, ni con nuestra propia actitud ante los demás. Aprender a no ser negligentes, a no insultar, no humillar, no marginar, a no ser indiferentes, a no rechazar la diversidad o a quienes piensan diferente.

Y ahí topamos con el mismo obstáculo que se ha señalado hasta la saciedad, la falta de educación de calidad, no sólo formal y académica, sino de valores y respeto. Cuando uno busca información al respecto se comienza a encontrar con cifras aterradoras.

Según el informe de la OCDE “Education at a Glance 2018”, en Chile solo el 1% de las personas adultas que tiene educación media completa entiende lo que lee (¡!). Y aún peor, solo el 5% de los adultos con educación superior tiene un alto nivel de comprensión lectora, mientras que el promedio de la OCDE es de 21%. Si esto es así, ni qué hablar de la educación pública en zonas marginales…

OCDE - Gasto acumulado por estudiante en instituciones educativas de 6 a 15 años


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Aparte de un modelo educativo obsoleto, que enseña a juntar letras y leer palabras, pero no a comprender verdaderamente lo que se lee, entra en juego la interacción en las plataformas digitales, donde la mayoría de la gente lee textos muy cortos, fraccionados y sin continuidad, que no desarrollan la lectura crítica, tan necesaria para pensar y obrar con base en las ideas y no en las emociones.


De otra parte el alto costo de los libros en el país en nada contribuye a formar una ciudadanía más educada, porque además son afectos al IVA, lo que me trae a la memoria un comentario del ex ministro de Economía Felipe Larraín en agosto de 2018, en el que afirmaba: ‘Si uno le baja el IVA a los libros, la gente querrá después que se lo baje a los medicamentos… y a los alimentos de primera necesidad’. ¿Perdón? ¡Eso es PRECISAMENTE lo que hay que hacer señor ex ministro!


Sin duda las anteriores son combinaciones explosivas que hay que desactivar de manera urgente para lograr una sociedad más educada y por ende menos violenta, en todas las acepciones que he referido.


Corolario

La violencia ha estado presente en la vida del hombre desde que logró erguirse para caminar en dos piernas, y seguramente antes también, e incontables veces ha sido la causante de su muerte prematura y de tragedias impensables, pero tengo la esperanza de que a medida que avanzamos como especie iremos evolucionando y cortándole caminos. Por supuesto que existen y existirán conductas patógenas, pero para eso hay instituciones, tratamientos o sencillamente el aislamiento y la cárcel. Aquí me he referido a quienes nos consideramos gente relativamente normal, que sin embargo exige de otros lo que no está dando, y es hora de comenzar.

Pero hay esperanza, muchos re-piensan el país que quieren a través de cientos de cabildos ciudadanos, de reuniones transversales para entender qué pasa y cómo abordar este cambio de paradigma inminente, que no solo está sucediendo en la región, si no en los 5 continentes.


Chile es, a pesar del bajo nivel general de lectura, un país de palabras, palabras de poetas, de escritores, de cantantes, la semilla está ahí, en los que tienen otra mirada, en “Los Sabios de la Tribu”, como denominaron a un gran conversatorio realizado hace pocos días en Ideas Factory de calle Italia y que recomiendo ver y escuchar con muchísima atención, gente mayor, estudiosos cada uno en su campo, personas que han vivido épocas difíciles, dando su visión y aportando al gran debate nacional desde una perspectiva constructiva, tan necesaria para recuperar la confianza, que se ha ido perdiendo y diluyendo en el festín consumista y deshumanizante en que se ha ido transformando nuestra sociedad.

Terminando éstas líneas tengo que ir a buscar mi aspiradora, y a pesar de estas reflexiones que les he compartido, tengo unas ganas locas de mandar al carajo al tramposo aprovechador del dependiente con cara de revólver…


Aunque pensándolo mejor, creo que solo iré a mostrarle el recibo de pago del otro negocio, para evidenciar su trampa, ya que evitar ser violento no significa ser pendejo y quedarse callado.


El cambio que tanto queremos empieza en cada uno de nosotros, día por día.

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