Un Planeta para Julieta

He escrito sobre este tema en numerosas ocasiones, con genuina preocupación por el árido desierto en que estamos convirtiendo a nuestra casa, pero un evento maravilloso acaecido hace poco ha puesto el tema en mi agenda con más urgencia que nunca.

¿Qué planeta queremos heredarle a las futuras generaciones? Imagen Pixabay


Julieta, mi primera nieta, aterrizó con fuerza telúrica en el planeta hace pocos días, y desde que ocurrió ese acontecimiento familiar no dejo de pensar en el futuro que enfrentará y las realidades que tendrá que vivir en 20 ó 30 años si la humanidad no se compromete a emprender un cambio profundo y sostenido para salvar a nuestra apaleada casa verde.


Escribo ésta columna a pocos días de que finalice la COP26 en Glasgow, con escasa esperanza de que prime el sentido común por sobre la codicia, pero la esperanza es lo último que se pierde, en especial cuando las generaciones futuras dependen de ello.


Las COP comenzaron en 1995 con una primera cumbre en Berlín, que generó enormes expectativas en el mundo entero, fue un paso importante para atacar un problema planetario que ya se hacía sentir décadas antes. Sin embargo 25 reuniones después no es mucho lo que se ha podido lograr, aparte de finalmente aceptar la tragedia a nivel global, apoyar algunos compromisos ambientales y organizar las siguientes cumbres.


A la fecha 197 países han firmado su compromiso con el medio ambiente a través de la CMNUCC (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), es decir más del 90% de los países del planeta. Uno pensaría que semejante esfuerzo a escala planetaria, en el que se aúnan fuerzas a nivel global, tendría un peso mayúsculo en la toma de decisiones pro ambientales, pero no ha sido el caso.


Es más, dentro del distinguido club de los países desarrollados, causantes del 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero, hay algunos que desconocen olímpicamente los frágiles acuerdos y anuncian programas sólo para cumplir, de boca, con el requerimiento de presentar un plan de reducción de emisiones para asistir anualmente a la COP y posar de responsables.


El caso australiano refleja muy bien el actual estado de cosas. El plan ambiental anunciado por el Primer Ministro Scott Morrison hace pocos días ha sido calificado por los expertos de risible, y la justificación del gobierno de turno es que se hizo The Aussie way (a la manera australiana), es decir bajo sus propios intereses y desconociendo olímpicamente las recomendaciones del reciente estudio publicado por el Panel Intergubernamental Para El Cambio Climático, que plantea cero emisiones para 2050.


Tan sólo un par de días después de publicado el “plan” del señor Morrison, se filtró a la prensa australiana que una de las sombras detrás del esperpento es Kevin Gallager, director de la petrolera/gasífera Santos, con base en Escocia, lo cual no hace sino confirmar, una vez más, el infame lobby de las grandes corporaciones con los gobiernos, empujando sus propias agendas y pasándose por la faja, por no usar otro término tal vez más adecuado, al planeta entero.


Según la organización Global Witness, a Glasgow han llegado más delegados de la industria de combustibles fósiles que de cualquier otra delegación nacional, 503 para ser más exactos. Los ratones cuidando el queso.


El gobierno australiano tampoco firmó en esta COP el compromiso de reducir las emisiones de metano en un 30% para 2030, al igual que China, India y Rusia, los mayores emisores de este gas en el mundo, de lejos el que más contribuye al calentamiento global. El descaro llega a tal punto que algunos gobiernos reportan emisiones de gases muy por debajo de las estimaciones de los expertos. Es desalentador constatar que el discurso va por un lado y las acciones por otro, de hecho ni Xi Jinping ni Vladimir Putin se dignaron siquiera a asistir a la COP26, con socios así apague y vámonos.


Los intereses económicos, sumados a nacionalismos de pacotilla, son los peores enemigos del planeta. Lo cierto es que mientras no haya una obligación jurídica, que exija a los países firmantes un compromiso real y tangible para detener la tragedia, los resultados no llegarán con la premura que se necesitan.


Pero a pesar de todo, la carrera hacia lo verde ha comenzado y no hay vuelta atrás, contra viento y marea surgen todos los días organizaciones y personajes comprometidos con el tema, que además desarrollan proyectos con alto retorno, probando que no sólo es beneficioso para el planeta, si no que puede ser un excelente negocio.


Uno de ellos por ejemplo, es el Hidrógeno Verde, que Chile a nivel regional está desarrollando de manera exponencial. Este combustible contribuirá a rebajar el 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero en un plazo de 10 a 15 años, entre otros múltiples beneficios.


El Hidrógeno verde es una alternativa real y eficiente para combatir el calentamiento global. Imagen Universidad de Chile


He ahí la única manera de avanzar, con hechos concretos que acompañen a las rimbombantes declaraciones oficiales que surgen al final de cada cumbre ambiental. Con proyectos precisos, que no se pierdan en la maraña burocrática internacional y tengan un impacto real a corto plazo.


Hay miles de emprendimientos verdes que necesitan apoyo y financiación, no hay que esperar únicamente por los proyectos globales, necesarios, pero paquidérmicos per se, ya que la suma de las partes va agrandando el todo y va generando beneficios directos para diversas comunidades.


Al respecto una iniciativa que llamó mi atención es la de los Pocket Parks en Londres. Son literalmente parques de bolsillo, que pretenden transformar pequeñas áreas urbanas desatendidas o abandonadas, en nuevos espacios verdes para la comunidad, con todos los beneficios que eso conlleva. La iniciativa funciona a través de subsidios a los que la comunidad puede aplicar con las municipalidades locales, presentando además la ventaja de la participación ciudadana directa en su gestión.


Proyectos como ese hay muchos, es cosa de buscar para ir espantando la nube negra e ir recuperando la confianza de que un futuro mejor es posible, aún a costa de gobiernos corruptos e intereses oscuros. Es un hecho que cada día más empresarios se comprometen con su entorno, y a medida que llegan nuevas generaciones de directores, van adoptando políticas que no tienen a la generación de utilidades como único norte, son pocos aún, cierto, pero algo se va avanzando.


No espero mucho de la cumbre de Glasgow, pero su importancia es innegable. Los acuerdos de reuniones previas han generado efectos disímiles de país a país, en especial entre los del mundo desarrollado y el resto. La COP ha devenido en una suerte de reunión de cumpleaños de una suegra complicada, a uno no lo convence el asunto, pero hay que ir, no sólo para cumplir, si no para llevar el correspondiente regalo, que en este caso ojalá fuese la firma comprometida de acuerdos serios, cuantificables y vinculantes.


Millones de niños como Julieta esperan que les heredemos un planeta habitable.

¿Nos dejará la codicia? ¿Estaremos a la altura del desafío?


Hasta ahora no mi amada Julieta, pero hay esperanza, es lo último que se pierde.


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