Y ahora… ¿Quién podrá defendernos?

No será el Chapulín Colorado el que venga a salvarnos ésta vez, serán los gobiernos y sus Estados, claro, si actúan de manera correcta, cosa que por ahora parece bastante improbable en algunas latitudes.

El Chapulín Colorado, parodia criolla de los súper héroes, creado por el mexicano Roberto Gómez Bolaños en 1970.


Escribo esta columna desde mi cuarentena voluntaria, que comencé el 16 de marzo, a la que se suma ahora la obligatoria, que empezó a regir recién el 26 para siete municipalidades de Santiago (insuficiente y torpe, por decir lo menos), ya que los genios que nos gobiernan perdieron un tiempo precioso en declararla, esperando “a ver” si las cifras de contagiados lo ameritaban (¿?) y si por algún milagro divino la cosa no se ponía fea por estos lares sureños, en contravía de toda evidencia global…


Pero no quiero referirme a la contingencia sanitaria directamente, ya océanos de tinta han corrido y correrán al respecto, porque es casi imposible sustraerse al tema del bicharraco, que lo ha puesto todo patas arriba.

Mi escrito de marzo tenía un tópico muy diferente, pero he decidido postergarlo para hacer unas reflexiones que tocan fuerte al destino, como jugador inesperado, aquél veleidoso y caprichoso destino que contra todo pronóstico está logrando cosas impensadas hace un par de meses.

Qué ironía, el Estado, tan vapuleado por los grandes capitales y los gobiernos neoliberales a ultranza, que hicieron en la última década grandes recortes presupuestarios en áreas clave del aparato estatal (la salud entre ellas por supuesto) para hacerlo “más eficiente”, ¡es a quien hoy piden ayuda!, de capitán a paje. No sólo para controlar la pandemia, sino para salvarnos de la otra pandemia que se viene, la económica. El mantra “hay que reducir el tamaño del Estado” parece ser un eco lejano que ya nadie escucha.


Entre tanto meme que inunda las redes por estos días hay uno en especial que captó mi atención y decía: “Lo más sorprendente de esta pandemia no es que los ateos se estén volviendo creyentes, ¡es que los neoliberales se estén volviendo Keynesianos!”.

Porque, pruebas al canto, escuchar las declaraciones de Macron (alumno destacado de la escuela neoliberal, que lleva medio período haciendo recortes a diestra y siniestra) alabando el papel del estado como garante de la salud de su país, es un indicador claro de un cambio político forzado por el inefable destino y además…¡no tiene precio!

Gasto anual en salud por habitante en países de la OCDE. Imagen OCDE


A raíz de la crisis desde grandes compañías hasta empleados formales, trabajadores informales o independientes, están pidiendo al Estado que se la juegue. Que inyecte capital, cubra sueldos privados, posponga el pago de impuestos y exija a los bancos condonar o posponer deudas, bajando los intereses de cuotas hipotecarias y de tarjetas de crédito.


La lista de demandas es larga, se le pide también que suspenda temporalmente el pago de servicios públicos, garantice un ingreso mínimo a los que no pueden trabajar, son informales o han sido despedidos, apoye aquellos sectores que como el turismo, la gastronomía, la cultura o el deporte, están aguantando el chaparrón con muchos desaparecidos en combate… y así un larguísimo etcétera.

¿Entonces? Pareciera ser que hoy por hoy el Estado es más que una palabreja manoseada a su antojo por los extremos ideológicos para servir a sus propios intereses. Más aún, parece que bien manejado es el ente que puede salvar vidas sin distingos sociales, proteger empresas, empleos y actividades humanas, en especial cuando las papas queman y aparecen crisis como la que estamos atravesando.

Y con ello no pretendo de ninguna manera hacer apología de un Estado mesiánico, elefantiásico, autocrático y corrupto, me refiero a un estado responsable y serio, garante de la libertad, que cumpla su rol de fiscalizador de abusos y proveedor de bienestar para sus ciudadanos, que aplique la ley de igual manera para todos y se aleje de todo populismo o nacionalismo de pacotilla.


Cómo elegimos un gobierno de ese tenor es otro cantar, infortunadamente no hay mucho dónde escoger, pero ese es otro tema. Lo que sí ha evidenciado esta crisis es la fragilidad de los sistemas de salud y laborales, en especial en los países en que reina el capitalismo salvaje, individualista e insolidario, ese de sálvese el que pueda, el de “es que quieren todo regalado”… (¡!).

Muchos verdugos del Estado en nuestra región están pidiendo a gritos la intervención del mismo para salvar sus negocios, los mismos que hasta hace poco esgrimían argumentos de toda índole para debilitarlo, poniendo a Venezuela como único ejemplo de porqué NO se puede creer en un Estado con fuerte foco en lo social, desconociendo que Venezuela no sirve de ejemplo porque no es un estado, no es un gobierno, ¡no es nada!, sólo un régimen delincuencial que gobierna el país para su propio beneficio, ayudado por un ejército corrupto hasta la médula.


El Estado al que me refiero va más en línea con gobiernos, por ejemplo, como el de Jacinda Ardern en Nueva Zelanda o el de Sanna Marin de Finlandia, que ponen a la gente como centro de toda decisión, con un capitalismo que integra lo social a la ecuación, que genera riqueza y progreso para todos e invierte y apuesta por el famoso trío SEP (salud, educación y pensiones) para nivelar la cancha; un estado dinámico, pero no omnipotente, que forma alianzas valiosas con el mundo privado, fomenta el desarrollo de la ciencia, educa, cuida y cree en sus ciudadanos y propende a ser más un facilitador de procesos que un tirano déspota.


Hablo de Estados eficientes, que promuevan la iniciativa y el emprendimiento individual sin descuidar el bienestar de sus ciudadanos, proveyendo acceso a salud, educación y pensión dignas. Y cuando digo apoyar los emprendimientos me refiero a todo el conglomerado social, no sólo a los empresarios constituidos, a los que tienen apellido, palancas o contactos, a TODOS.

Cobrar por las pruebas médicas de contagio por ejemplo, como sucede hoy en Chile, no es sólo salvaje, sino asesino, producto directo de la privatización a mansalva de un derecho básico, en detrimento del aparato de salud estatal. ¿Dónde está el Estado para poner coto a esto y controlar precios? ¿Dónde para poner en cintura a los desgraciados que especulan con artículos esenciales en medio de una emergencia?


No es que esta crisis sanitaria esté profundizando las demandas del estallido social de Octubre en Chile, lo que hace en realidad es legitimarlas, porque el acceso a la salud dependerá hoy de a qué estrato social se pertenece, y suma y sigue.

Fortalecer y apoyar las tareas esenciales del Estado no significa demonizar a los empresarios, ellos son parte fundamental de la sociedad y su motor de desarrollo. Las empresas no son entes descabezados, son creadas y dirigidas por personas, y dependiendo de su calidad humana así serán su conductas laborales y comerciales.

Lo mínimo que se espera es que no olviden que viven por y para la sociedad, lo cual implica pagar salarios justos, pagar impuestos y poner el hombro cuando las castañas queman. Se necesitan menos “patriotas” con sus capitales afuera y más figuras comprometidas de verdad con su país y con sus conciudadanos, y como ese no es el caso con la mayoría, ahí TIENE que entrar a terciar el estado.


Por estos virus-días y en buena hora, han salido a la palestra pública los pensadores de nuestro tiempo, intentando darle sentido a lo que ocurre, pero por sobre todo pretendiendo definir posibles consecuencias y cursos de acción post pandémicos.

Harari, Žižek, Han y Alba, entre varios otros, están apareciendo con frecuencia en redes sociales y en medios masivos como referentes para dilucidar lo que nos ocurre y hacia dónde nos podría conducir esta realidad sorpresiva que vivimos, con la mitad del mundo en cuarentena. Y mucha gente, impulsada por la incertidumbre y el temor al bicho está leyendo opiniones y ensayos filosóficos de autores que desconocían por completo, algo que es bienvenido como antídoto eficaz a la idiotez masiva de las redes, las fake news y el mundo autocomplaciente de gratificación inmediata que veníamos viviendo, y muchos, sobreviviendo.


Yo por mi parte no soy muy optimista con respecto a la raza humana, la historia lo confirma, en las crisis se ven los actos más encomiables, pero también y en mayor medida, los más viles. Sin embargo si pasada ésta crisis sólo logramos tener estados algo más eficientes, que intenten actuar para el conjunto de la sociedad, garantizando por lo menos la salud universal, me daré por bien servido y podré emprender el camino al más allá silbando tranquilo, el mundo irá en la vía correcta.

Como diría el gran Chapulín… Síganme los buenos!… que ojalá seamos muchos cuando pase la pandemia y recordemos aquellos días en que el destino nos puso a prueba para humanizar un sistema salvaje, que necesita sin lugar a dudas el contrapeso del estado y nuestra acción comprometida y solidaria como individuos.

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